Una grulla de papel para cada vida
Por Aline Cohen Helle, Psicóloga, Dirección de Asuntos Estudiantiles, Instituciones Santo Tomás Arica
Cada 10 de septiembre, al conmemorarse el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, nos enfrentamos a una interrogante dolorosa y desafiante: ¿cómo cuidamos la vida en un contexto donde muchas personas sienten que han perdido la esperanza? Discutir sobre el suicidio no lo fomenta; por el contrario, puede abrir puertas hacia el alivio y la esperanza. La prevención no es únicamente una responsabilidad de los especialistas en salud mental, sino un compromiso colectivo que abarca a familias, instituciones educativas, espacios laborales y comunidades enteras.
Cada gesto de escucha atenta, sin juicios ni minimización del sufrimiento, puede ser un acto profundo de cuidado. Cada muestra de compañía puede convertirse en un factor protector frente a la desesperanza. A menudo, pensamos que nuestras acciones son demasiado pequeñas para marcar la diferencia, pero la realidad es que nunca sabemos cuánto puede impactar en alguien un simple “¿cómo estás?”, un momento para escuchar sin apuros o una mano extendida en tiempos de dificultad.
Curiosamente, durante la pandemia, un periodo que nos confrontó con el miedo, la incertidumbre y el aislamiento, ocurrió algo inesperado: por primera vez en 20 años, la tasa de suicidios disminuyó. ¿Por qué, en medio del dolor colectivo, sucedió esto? Porque nos atrevíamos a decir “no estoy bien”; porque compartíamos nuestras emociones sin filtros; porque, aunque separados por muros y pantallas, nos escuchábamos de verdad. La vulnerabilidad se convirtió en un puente, no en una barrera.
Muchas personas aún piensan que hablar sobre el suicidio con alguien que enfrenta una depresión o tiene pensamientos suicidas puede agravar la situación, pero esto no es cierto; es precisamente lo contrario: discutir sobre el suicidio puede salvar vidas.
El silencio es el verdadero enemigo. La conversación es el primer paso hacia la esperanza. Es momento de que el suicidio deje de ser un tema tabú. Abramos espacios seguros, humanos y reales para dialogar sobre nuestra salud mental.
En este contexto, es inspiradora la historia de Sadako Sasaki, la niña japonesa que, tras enfermar de leucemia a causa de la bomba atómica en Hiroshima, empezó a plegar grullas de papel con la esperanza de sanar. Aunque no logró completar las mil, sus grullas se convirtieron en un símbolo universal de paz, resiliencia y esperanza.
De igual manera, cada acto de cuidado hacia otro puede compararse con una grulla de papel: sencillo, pequeño, pero profundamente significativo para quien lo recibe. Así como las grullas de Sadako han trascendido en el tiempo, nuestros gestos pueden dejar huellas invisibles que sostengan y devuelvan sentido a la vida de quienes hoy enfrentan momentos difíciles.
La invitación es clara: atrevámonos a ser plegadores de grullas en la vida de los demás. Prevenir el suicidio requiere compromiso, empatía y valentía, porque cada vida cuenta y merece ser cuidada.
